EL CANDIL LITERARIO
Nº 51
ES MEJOR ASÍ
El amor no se piensa, se siente, se vive, se disfruta- dijiste tras rendirte al placer.
Pero ya sabes que algunas personas necesitan razonar todo lo que sucede – apunté con la respiración aún agitada.
No me incluyo. Soy más espontánea; aunque ahora me faltan palabras para decirte cuánto te amo, cuánto te necesito, cuánto te deseo.
Después, me abrazaste y besaste con temblorosa pasión, con el recelo cerval de quien teme el rechazo a pesar de llevar meses entregada al amor y el deleite.
Adriana Palenzuela -treinta años, morena, elegante, sociable, perfecta- y yo, Ramón Clavero -misma edad, moreno, vulgar, solitario, afortunado por ella-, nos habíamos conocido en la facultad de Derecho, donde nos graduamos con honores y compartimos algunos momentos de tórrida cercanía. No había podido olvidar su cuerpo desnudo emergiendo del vestido al caer sobre el suelo. Yo también carecí de palabras en aquellos momentos. Nos reencontramos pocos años después en un congreso profesional: yo, convertido en el socio más joven de un importante bufete de la capital; ella, casada con el octogenario Facundo Amestoy, fundador y presidente vitalicio de ENAM S.A.,Importaciones y Exportaciones, empresa que centraba su actividad en productos gastronómicos para paladares exquisitos y bolsillos exclusivos. Adriana era la tercera mujer de Facundo, aunque su matrimonio era más blanco que el vestido que lució en su boda según los rumores que circulaban. Ella ascendía en la escala social y él se pavoneaba entre sus amigos y conocidos por haber conquistado a una belleza semejante. Luego la nombró vicepresidente sin poder ejecutivo y la dejaba disfrutar la vida sin hacer preguntas. Era mejor así.
Nos saludamos entre ponencia y ponencia, recordamos viejos tiempos y ya... no nos separamos en todo el fin de semana que duró el evento. Solo visité mi habitación para recoger el equipaje al regresar a mi domicilio; ella volvió al suyo a bordo del lujoso vehículo familiar.
Gloriosamente desnuda sobre mí, volvió a besarme y encenderme. En ese momento, me percaté de que llevaba más maquillaje de lo habitual, sobre todo alrededor de los ojos, esos ojos zafiro que me tenían encandilado desde que nos conocimos en la universidad. Eran como dos faros entre las sombras de la vida. La pregunté por ese detalle, pero ella respondió:
No quiero hablar de eso... Sigamos.
Después, comenzó a moverse de nuevo sobre mi, pero insistí en mis demandas.
¿Te ha pegado ese cerdo?
Facundo no se mancha las manos conmigo. No insistas, cariño. Sigamos disfrutando.
Aceleró la frecuencia e intensidad de sus movimientos, por lo que me olvidé momentáneamente del asunto y me concentré en su cuerpo, sus prominencias y su sed insaciable. Adriana sabía cómo convencerme, cómo derrotarme. Era mejor así.
Desperté a media mañana. Adormilado, busqué su cálido cuerpo con la mano, pero descubrí vacío su lado de la cama. Adormilado, creí escuchar el sonido del agua al caer. Deduje que estaba duchándose. Poco después, apareció embutida en un albornoz blanco. Se tumbó junto a mi y me besó. Luego, dijo:
¡Buenos días, amor mío!
Entonces, me fijé en el moratón que ocupaba todo su ojo derecho y que había cubierto el exceso de maquillaje que descubrí la noche anterior.
¿Te ha pegado, verdad?
Ya te dije que Facundo no me toca nunca.
Entonces, ¿quién...?
Su fiel Raimundo, su mayordomo, chófer, sicario, colaborador necesario...
¿Por qué?
Porque... he descubierto que Facundo no es quién dice ser.
Después, se incorporó, abrió un cajón de la mesilla, sacó una libreta negra y me la entregó.
¿Qué es?
El diario de Facundo, de su verdadera pasión. Lo encontré por casualidad en una gaveta de su escritorio, mientras buscaba una cuartilla para escribir una nota en la que te decía que no podríamos vernos la semana que viene por un viaje al que debo acompañarle. Facundo debió olvidar que había dejado el cuaderno en ese cajón. Cuando me encontró allí, se molestó mucho, pues me había repetido muchas veces que nadie podía entrar sin su permiso. Por más que le explique el motivo de mi presencia en la habitación, ordenó a Raimundo que me castigase y este cardenal es la consecuencia.
¡Ya hablaré con ese abusón! - exclamé, envalentonado.
Es muy peligroso y capaz de todo por su amo y señor.
¡No me asusta!
Ahora debo irme -dijo, mientras se quitaba el albornoz y volvía a mostrarse tan endiabladamente hermosa-. Me espera para comer. Aunque tengo libertad de movimientos, existen ciertos rituales que debemos compartir. Las apariencias, ya sabes.
Quédate un poco más. Aún tengo ganas de ti.
Guarda bien la libreta. No puede saber que la tienes... ¡Sería capaz de todo para recuperarla!
¿Tan grave es?
Te responderás, cuando la leas. ¡Adiós, cariño!... Te llamaré a mi regreso.
Contaré los segundos hasta entonces.
Te amo, te necesito, te deseo.
Tras estas palabras, terminó de vestirse y abandonó el apartamento. Permanecí en la cama, rememorando los momentos tan gratificantes que habíamos compartido la noche anterior.
Cuando Adriana salió a la calle, subió a su deportivo rojo pasión, un Morgan Roadster, y condujo hasta la calle principal por donde seguiría hasta la autopista que la llevaría hasta una comarcal de la que partía el camino que terminaba en el lujoso palacete que compartía con su marido Sin embargo, Adriana nunca llegó hasta allí como supe más tarde. En el primer semáforo que encontró, se le cruzaron delante y detrás dos todoterrenos negros con cristales tintados. Del que se detuvo ante ella, descendieron dos encapuchados con pasamontañas que la sacaron del vehículo e introdujeron en el suyo. Luego subieron al coche y ambos automóviles huyeron de la zona con gran chirriar de neumáticos. Supongo que eran enviados de Facundo para recuperar la libreta. Supongo también que la cachearon, interrogaron y torturaron para conocer su paradero. Al no conseguirlo, supongo también que...
Entretanto, ajeno a esta tragedia, había comenzado a ojear el cuaderno, mientra desayunaba un café con leche y una tostada con mantequilla y miel. La primera entrada me sorprendió y alarmó según iba comprendiendo su naturaleza.
<<6 de marzo. Me he tomado la pastilla. Cuando entré al Salón Dorado, Raimundo ya había preparado a mi invitado: un niño inmigrante de diez años que ni hablaba ni comprendía nuestro idioma. Raimundo lo había atado concienzudamente sobre el potro de madera que utilizábamos para las grandes ocasiones. Ignoraba el nombre de mi visitante. Tampoco me importaba, ni su nacionalidad, ni el medio empleado por mi fiel Raimundo para traerlo. Mi criado permanecía de pie y en silencio tras el niño. Me acerqué a su cabeza. Descubrí su mirada horrorizada. Gritaba en una lengua desconocida. Por fortuna las paredes del Salón Dorado están insonorizadas. Lo besé en los labios. Después, realicé la señal convenida a Raimundo, quien, leal y obediente, forzó lentamente a la criatura. Como suele ocurrir en estos casos, sus gritos se transformaron en berridos, sus músculos se tensaron, sus ojos se abrieron desmesuradamente, un sudor frío empapó su cuerpo; pero Raimundo prosiguió inexorable y preciso su avance hasta el final. Permaneció en esa posición sin moverse hasta que yo decidí que era mi turno. Ocupé su lugar y me deslicé por las entrañas infantiles con la maestría que conceden tantos años de práctica y perversión. La pastilla funcionó muy bien y pude consumar cuatro asaltos antes de cansarme y cedérselo a mi buen Raimundo, que había esperado su momento con la paciencia que le caracteriza. Después, abandoné el Salón y disfruté un relajante baño de espuma. Ignoro cómo se deshizo Raimundo del chico. Tampoco me interesa. Soy un cazador que solo piensa en la siguiente presa>>.
Confundido, horrorizado, decidí telefonear a Juanito, el comisario Juan Andrade, amigo desde la infancia al que considero como un hermano. Hombres y mujeres pueden quererse sin que existan deseo o atracción entre ellos. Basta con haber compartido alguna experiencia intensa o... traumática como el innecesario servicio militar. Quedamos en reunirnos en su despacho esa misma tarde. Regresé a mi piso, me duché, cambié de ropa y comí en el restaurante habitual. Camino de la comisaría, compré un ejemplar de “EL CANDIL – Una luz entre las tinieblas”, diario progresista de la tarde. En su primera plana leí una noticia que me heló la sangre, que me obligó a detenerme, a gritar desconsolado, a clamar a un cielo indiferente, a llorar tras muchos meses de despreocupada felicidad.
<<MISTERIOSO CRIMEN EN NUESTRA CIUDAD>>
A última hora de la mañana, un paseante encontró el
cadáver desnudo de la señora Adriana Palenzuela,
-identificada gracias a sus huellas dactilares-, joven
esposa del magnate Facundo Amestoy, presidente
y fundador de ENAM S.A., destacado prócer de
nuestra sociedad, reconocido filántropo y mecenas de
diversos artistas nacionales e internacionales. Su cuerpo,
encontrado en un vertedero, presentaba claros signos de
tortura según la policía. Su vehículo, un Morgan Roadster
rojo, apareció frente a un semáforo de la Avenida de los
Padres de la Patria, lo que hace pensar a las autoridades
que fue interceptada y secuestrada en ese punto por elementos
del hampa organizada.
Tras la preceptiva autopsia, cuyo resultado permanece
secreto por el interés de la investigación, los restos han
sido trasladados al panteón de la familia Amestoy Miralles,
donde reposarán hasta el Día del Juicio Final. Entretanto,
¿cómo garantizarán las autoridades la seguridad ciudadana?
¿Para qué pagamos impuestos? El desconsolado viudo...bla,
bla, bla...
Abatido, muerto en vida, entré al despacho de mi querido Juanito, quien, nada más verme, me acercó una silla; sobre la que caí derrotado. Le entregué la libreta y mostré el periódico, mientras, entre lágrimas, musitaba:
Éramos amantes, amigos, compañeros... ¡Era la luz de mis días!
Juanito me abrazó e intentó calmarme. Poco a poco, recuperé la normalidad y le hablé del contenido del cuaderno, así como le informé de que había leído algunas entradas. Le pedí que lo examinara con detenimiento. Añadí que quería presentar una denuncia contra Facundo Amestoy por los hechos recogidos en la libreta y otra, por el asesinato de Adriana. Juanito, siempre sagaz y generoso, me dijo:
La leeré esta noche con calma en mi casa con un whisky y Van Morrison de fondo. Mañana te llamo para contarte mis impresiones; aunque ya puedo adelantarte que será difícil implicarle en el presunto, de momento, crimen de tu amada. Un tipo tan importante no suele mancharse las manos en estos asuntos tan turbios.
Pero...
Es mejor así, Ramón.
Me despedí de mi amigo y conduje hasta mi domicilio. Avisé a mi secretaria de que no acudiría al trabajo por un inoportuno resfriado. Mientras encendía un cigarrillo, recordé otra anotación del nauseabundo diario del ilustre Facundo Amestoy.
<<10 de marzo. La niña tenía una suave guedeja rubia y unos preciosos ojos verdes. Parecía caucásica. Su cuerpo, aún sin desarrollar, resultó suave y mullido. En este caso permití a Raimundo participar en la celebración y compartir los dones que la vida nos proporcionaba. Atrapada entre nosotros, la criatura gritaba, manoteaba, lloraba, pero... ¡era tan agradable que no la escuchábamos! ¡Solo pensábamos en el intenso placer que nos proporcionaba, en la siguiente experiencia que disfrutaríamos! Cuando terminamos tras un par horas de maniobras, cayó al suelo convertida en un guiñapo inerte. Esta vez pude observar cómo Raimundo la metía en un bidón con una calavera pintada. Era mejor así”.
Tal y como habíamos quedado, Juanito me llamo al móvil sobre las diez de la mañana. Diez minutos después, salía de mi despacho hacia la comisaría. Sentados frente a frente, mi viejo amigo dijo:
Mira, Ramón, esta libreta es dinamita, horrible y nauseabunda, pero dinamita.
Entonces, ¿piensas detenerle por cometer actos execrables?
No he dicho eso.
¿Qué más necesitas?
Veo algunos problemas en el caso: uno, cómo explicas la posesión del cuaderno. Su legítimo dueño, Facundo Amestoy, puede acusarte de robo, con lo que lo anularía como prueba válida contra él.
Pero... su contenido...
Sería irrelevante. Prevalecería el método de obtención de la evidencia antes que su valor como tal. Los buenos abogados que trabajan para él se encargarán de convencer a cualquier juez. Es una situación que debes entender por tu trabajo. El segundo problema es que el citado Amestoy es un miembro destacadísimo de la sociedad y tú, querido Ramón, y te lo digo con todo el cariño que te profeso, solo el socio más joven de un bufete al que no interesa enfrentarse a un hombre tan poderoso y que, por tanto, no te apoyará por miedo a perder clientes por una mala publicidad. El tercer problema sería que, de ser cierto el texto de la libreta, no encontraremos ningún rastro de las víctimas y por tanto, Amestoy puede afirmar que que es imple ficción. El cuarto sería que el tal Raimundo nunca acusará a su jefe y, en última instancia, asumiría la culpa de todo, siempre y cuando pudiéramos demostrar que sucedió realmente; el quinto seria que tú podrías correr la misma suerte que... ¿cómo se llamaba?..
Adriana.
¡Gracias!... Un hombre capaz de cometer esas atrocidades goza de impunidad y poder para encargar la desaparición de gente molesta como parece que ha hecho con ella. No tengo pruebas, pero un tipo tan generoso como Facundo Amestoy tiene muchas manos agradecidas o temerosas dispuestas a jurar que los días recogidos en la libreta estuvieron con él haciendo esto o lo otro. El sexto problema sería que, con bastante seguridad, encargaría un estudio grafológico del texto y un análisis de la libreta para demostrar que no es su letra y que el cuaderno es una hábil falsificación, quizá realizada por ti mismo. El dinero compra voluntades.
Pero... ¿podrás investigarle por el asesinato de Adriana al menos?
Los autores eran profesionales. No hemos encontrado huellas ni restos biológicos. No hay testigos presenciales de los hechos ni cámaras que nos permitan visionar las posibles imágenes. Es un trabajo muy bien planificado en el que resultará muy difícil demostrar la implicación del tal Amestoy.
Entonces, ¿no puedes hacer nada?, ¿la muerte de Adriana quedará impune?
Podriamos vigilarle, pero creo que mis superiores preferirán olvidar el asunto. La policía también hace política..
¿Qué harás con la libreta? - pregunté decepcionado.
Guardarla en un lugar seguro que solo conozca yo. Una caja de seguridad tal vez.
Pero... ¡es un ser tan depravado que puede seguir cometiendo atrocidades!
Estaremos más pendientes de las desapariciones infantiles.
Al menos la muerte de Adriana habrá servido para algo.
Créeme, querido Ramón, es mejor así.
Tras estrecharnos la mano, abandoné cabizbajo su despacho. Odiaba a Facundo Amestoy, a toda esa sociedad que protege a bestias semejantes por su fama, su poder o su dinero; que, a su muerte, le rendirá sentidos homenajes, endulzará su existencia, le nombrará hijo predilecto de o pondrán su nombre en alguna calle o edificio singular...
Me serví un whisky y encendí un cigarrillo. Comencé a llorar desconsolado, cuando recordé la entrada que narraba el sacrificio -quizá uno de tantos- de mi muy querida Adriana para que su despreciable marido la permitiese mantener su relación conmigo.
<<14 de febrero. Día de los Enamorados. Mientras la pastilla me hace efecto, escucho los latigazos que Raimundo infringe a esa zorra que tengo por mujer. Sabe que me gusta beber su sangre fresca, mientras la poseo sin piedad, mientras saboreo mi dominio sobre ella y le preguntó si su macarra la hace gozar tanto como yo. Ella siempre guarda silencio, mientras acepta mis vejaciones, mientras me mira con tanta furia que me atacaría de no estar atada al potro. Debe querer mucho a ese picapleitos que cualquier día destruiré sin vacilación. Adoro su cuerpo hermoso y suave, sus contornos cálidos, su resistencia muda a mis requerimientos y maniobras. Adriana no comprende que es mi forma de demostrarle el amor que la profeso. A cambio la permito acostarse con ese... tipejo insignificante..., porque ella me pertenece al igual que Raimundo y todo lo que hay en el mundo... Su sacrificio es un bien ganancial... Su furia alcanza un punto sin retorno, cuando se la cedo a Raimundo. Entonces Adriana se debate, se resiste, se cierra, aunque sepa que es inútil, que mi fiel mayordomo la someterá sin miramientos, siempre por su amada vía ciega, hasta que, vencida por el dolor y el placer que siente a pesar de todo, se rinda a sus... ¿atenciones?>>.
¿Cómo viviré a partir de ahora, sin su compañía, sin su calor, sin nuestros agónicos abrazos hacia el placer? ¿No podría haberse divorciado, como le pedí tantas veces, para estar juntos y libres, aquí o allí, pero juntos, felices, liberados? Quizá Adriana se sacrificó por mi, porque creyó que era mejor así; pero el descubrimiento de la libreta la condenó, como sucedió conmigo desde el momento en que me la entregó. Al no encontrársela a ella, Facundo Amestoy debió comprender que estaba en mi poder.
Ayer por la mañana, cuando salía hacia mi trabajo, descubrí forzada la puerta delantera de mi coche. Enfrente descubrí aparcado un todoterreno negro con los cristales tintados.












