miércoles, 19 de noviembre de 2025

candil 65

 



EL CANDIL

NÚMERO 65  ANNO III




PRIMERA CLARIDAD

El titular del periódico afirmaba que “Piden al juez Peinado que investigue si Begoña Gómez tiene nacionalidad dominicana”. La denuncia la ha presentado, una vez más, el pseudosindicato Manos Limpias, organización de oscuras finanzas que no defiende ningún interés laboral, cuya cabeza visible es el señor Bernard, militante de Frente Nacional -partido heredero de la Fuerza Nueva del preclaro Blas Piñar-, que fue acusado de blanqueo de capitales, lavado de dinero, apropiación indebida y extorsión por exigir pagos a cambio de retirar las querellas presentadas, por lo que fue condenado a cuatro años de prisión; si bien el Supremo lo absolvió después a pesar de “comprobar presiones éticamente censurables por parte de la citada organización”.

El fundamento de la denuncia es que, dada su posible doble nacionalidad, apuntada por el empresario Aldama (que permanece en libertad tras prometer presentar pruebas para no ser encarcelado, sin que lo haya hecho hasta la fecha, en el denominado “caso Koldo”), durante una entrevista televisiva, la señora del presidente Sánchez podría fugarse. ¿Para qué? ¿Acaso el famoso juez Peinado ha probado la comisión de algún delito por parte de la interfecta tras año y medio de instrucción? ¿O se trata de la enésima maniobra de acoso y derribo a un gobierno detestado por parte de la población y la clase política?

Se apunta en la denuncia que “la citada Begoña Gómez, aprovechando su parentesco con el presidente del gobierno, presionó al empresario Hidalgo, dueño de Air Europa, para que patrocinara su cátedra en la Complutense o el gobierno no rescataría a dicha compañía aérea”. El día 6 de noviembre esta empresa devolvió el préstamo que le había hecho la SEPI para sanear sus finanzas, con lo que quedaban descartadas la maniobra de que se acusa a la mujer del pérfido Sánchez y la acusación de rescate de la misma.

El preclaro juez Peinado, que comenzó investigando irregularidades en la citada cátedra en la Complutense de la señora Gómez -que no es un particular como otros-, ha investigado a sus colaboradores tras no encontrar, hasta hoy,  prueba o indicio alguno de ilegalidad en sus actividades profesionales y ahora ha solicitado los pasaportes de la aludida y su asistente en Moncloa, Cristina Álvarez, para “precisar fechas, duración, circunstancias y coincidencias de los viajes al extranjero realizados por ambas” por si hubieran incurrido en malversación de caudales públicos. ¿Podría aducirse que el magistrado actúa a remolque de las denuncias, pues algunos viajes son anteriores a la misma y no suscitaron ningún interés del juez hasta ahora? ¿Toda la investigación de las actividades profesionales de la señora Gómez, su padre y el hermano del presidente es una coincidencia, tiene base real, o puede formar parte de una campaña político-judicial para derribar al actual gobierno? Afirmar esta última opción implicaría dudar de la imparcialidad judicial; pero también resulta curiosa la virulencia con que reacciona gran parte de la judicatura cada vez que se plantea esta posibilidad y... el que se pica, ajos come.

En otras ocasiones, personas mucho más capacitadas que yo, se han preguntado por qué no investiga el juez Peinado, propietario de un chalet irregular en La Adrada, a los asistentes personales de las esposas de los anteriores jefes de gobierno para comprobar si incurrieron también en malversación de caudales públicos como se acusa a la citada señora Gómez, sin que el ilustre magistrado haya alegado razones para no hacerlo. Después de un año y medio de instrucción, sin pruebas evidentes de comisión de delito alguno, se plantea la posibilidad del riesgo de fuga; pero ¿para qué iba a salir del país alguien al que no se ha podido probar infracción alguna y mantiene responsabilidades en el mismo como cónyuge del actual presidente? ¿Llegarán a exigir los denunciantes un test de sexo como le ha sucedido a la primera dama francesa?

Quiza todo sea una coincidencia o un exceso conspiranoico, pero, como titulaba un libro que leí en mi más tierna infancia, hay cierto olor a podrido.


SEGUNDA CLARIDAD

- Cristiano Ronaldo pone a Trump como ejemplo de paz, porque "es un tipo que puede cambiar el mundo".

- Un enfermero alemán asesina a diez pacientes para reducir su carga de trabajo.




- Proliferan las apuestas en la Liga de Baloncesto Femenino Profesional norteamericano sobre el momento en que las jugadoras tendrán o tienen la regla.

- Un contrato de alquiler por habitaciones exige que los invitados del inquilino no permanezcan más de cuarenta horas mensuales, no pernocten en el inmueble y no se consuma alcohol en el mismo.

- El Vaticano concluye que Jesús ni se apareció 49 veces ni ordenó la erección de una cruz de 738 metros en un pueblo francés.




En el siglo XIX el suicidio era considerado delito en Reino Unido y condenado con la horca.
- Mister David Richardson, jefe interino de la FEMA (Agencia Federal para la Gestión de Emergencias ), que pretendía desmantelar, dimite porque ignoraba que en Usamérica hubiera una temporada de huracanes. 
- Detenido el alcalde de Villar del Humo (Cuenca) tras encontrar la Guardia Civil una plantación de marihuana en su casa. ( Normal en un pueblo con ese nombre).


TERCERA CLARIDAD



LA FAMA



Siempre me ha gustado inventar historias desde que jugaba con mis camiones y coches en miniatura sobre la cama de mi abuelo. La lectura de narraciones de Julio Verne, Stevenson, London, Lord Dunsany, Lovecraft, Poe o Wells avivó mi natural imaginación. Mis primeros escritos aparecieron en una revista marginal que publicamos unos cuantos compañeros de bachillerato. Eran unos textos ingenuos y surrealistas. Después comencé a escribir inflamados poemas de amor a una mujer que prefirió a otro. Presenté un poemario a varias editoriales que me lo devolvieron sin un palabra favorable. En vista del éxito obtenido y de que necesitaba comer, busqué trabajo; pero continué la vida nocturna y bohemia de un crápula desencantado. Envié novelas y colecciones de cuentos a más editoriales con la callada por respuesta. Me presenté a sucesivos premios literarios con el mismo desenlace, obedeciendo la costumbre establecida, pero todo autor aspira a ver sus obras publicadas como desenlace lógico a su trabajo. Frustrado en un empleo alimenticio, aunque estable, proseguí inventando historias alentado por unos cuantos amigos que aceptaban leerlas. La vanidad me impedía aceptar la cruda realidad: no daba la talla literaria suficiente para merecer la publicación de mis escritos. Por primera vez pensé en abandonar la escritura. Mas, surgió la posibilidad de autopublicarlos, lo que implicaba que yo correría con todos los gastos de la edición; mientras la editorial se quedaba por contrato con la mayor parte de las ganancias y los derechos de la obra durante varios años. Como buenos comerciantes, los editores quieren vender. Como buen desconocedor de ese mundo, creía que la presunta calidad de mis escritos bastaría para convertirse en libros, aparecer en los escaparates de las librerías y alcanzar la fama imperecedera que anhelamos todos los soñadores. Había olvidado el triste final del Quijote por su desmedida afición a la lectura. Al fin y al cabo, los libros son ficciones alejadas de la dura realidad. La idea de abandonar la escritura volvió a rondar mi cabeza, pero la terca vanidad -la condición de escritor según otros- me hizo continuar, convencerme de que mi oportunidad llegaría algún día. Cuando ganó el premio literario más importante -y mejor dotado- del país un conocido tertuliano del que nadie sabía que se interesase por la literatura o... que escribiese, algo se encendió en mi cerebro. Yo también había participado en ese certamen y, como los demás candidatos, consideraba insuperable mi novela y quizá lo fuese, pero... no me conocía nadie. En ese momento, decidí hacerme un nombre para lograr mi objetivo: publicar libros. Me interesaba, me interesa, que me leyera el mayor número posible de persona; pues, en mi infinita vanidad, creía tener algún mensaje o enseñanza que transmitir. Por eso había leído a clásicos como Montaigne, Russell o Erasmo, amén de los griegos por supuesto. Intenté imitar a leyendas como Rimbaud, Borges, Cervantes o Kafka -incluso tuve una época cortaziana-, pero no daba la talla. La próxima celebración del patrono de la ciudad donde vivía me dio una idea para lograr popularidad.

Mi plan comenzó con la obtención de la pertinente licencia y varios meses de prácticas. Después alquilé un piso cuyas ventanas daban a la plaza donde se celebrarían los fastos inaugurales de las fiestas y varios políticos relevantes pronunciarían discursos laudatorios de la figura del santo. Me instalé unos días antes para estudiar el escenario y comprobar la visibilidad de la zona desde la terraza del edificio. La jornada festiva comenzó con una parada militar, el cierre de la plaza por las fuerzas de seguridad, de modo que solo podían acceder los vehículos oficiales de las autoridades que participarían en el acto, y un solemne tedeum. Subí a la azotea, monté el rifle que había comprado por Internet, acoplé la mira telescópica y la ajusté hasta lograr ver con nitidez el estrado y el atril frente al que se situarían los oradores. Con un poco de retraso, subió a la tarima mi objetivo: el presidente regional. Acoplé el silenciador al cañón del arma, coloqué el dedo en el gatillo y observé la escena por la mirilla. El político, figura emergente de su partido y aspirante a la presidencia de la nación para desgracia de la misma -me ofendían sus políticas populistas y reaccionarias que seguían la estela de otros gobernantes extranjeros-, colocó varias cuartillas sobre el atril, dirigió el micrófono hacia su boca y comenzó el discurso. Cuando pronunció la palabra “honradez”, no pude soportar más el asco que me producían sus palabras, por lo que apreté el gatillo. A través de la mirilla contemplé el perfecto círculo que la bala formó en su entrecejo. A través de la mirilla contemplé caer su cuerpo blando sobre el atril y, a continuación, sobre el entarimado. Varias personas corrieron en su auxilio, pero el político emergente llegó muerto a la tarima. Aprovechando la subsiguiente confusión, y antes de que algún helicóptero policial sobrevolase la zona, eliminé a mi segundo objetivo: el Jefe de Prensa del anterior, una rata miserable que envilecía la vida pública con sus bulos e intrigas barriobajeras. Luego, desmonté el arma y la guardé en su estuche correspondiente. Regresé a la vivienda, recogí el abrigo y bajé hasta el portal, donde introduje las llaves del piso en el buzón del casero, al que había dado un nombre falso. Salí a la calle y me entregué al primer policía que encontré, quien, incrédulo ante la historia que le contaba, solo reaccionó cuando le mostré el rifle. Pidió refuerzos por radio y me esposó. Pasé mi primera noche en el calabozo. Se sucedieron los interrogatorios hasta que los agentes quedaron satisfechos con mi versión de lo acontecido. Firmé una confesión e ingresé en la cárcel hasta el comienzo del juicio. Seis meses después, un juez amable, pero severo, me condenó a veinte años de reclusión mayor por asesinato en primer grado con premeditación y alevosía. Como se trataba de un caso de magnicidio y las víctimas eran personas relevantes, la justicia actuó con celeridad por una vez y sin que sirva de precedente.

Instalado en la celda donde viviría los siguientes años, comencé a escribir el relato de mi hazaña desde el momento en que tuve la idea. Proseguí con el desarrollo del plan, su ejecución y el juicio posterior. Mi abogado informó de este hecho a la prensa e invitó a las editoriales interesadas a contactar con él. No había completado el primer capítulo, cuando recibí ofertas de los principales grupos editoriales. Me ofrecían suculentos anticipos y ediciones de lujo a cambio de la exclusividad en la edición. Ahora que ya era popular, elegí a la que premiaba a otros famosos. Un año después el libro con mi nombre en la portada estaba en los escaparates de todas las librerías del país y en las más importantes del extranjero. Los críticos más influyentes alabaron la profundidad de mi escritura, la sagacidad de mis ideas y la perfección de mi estilo. Incluso me llamaron “joven promesa” de la literatura nacional a mis cuarenta años, aunque seguía siendo el mismo escritor que habían rechazado tantas veces. El director de la prisión me cedió el salón de actos para presentar la novela. Ese mismo año me concedieron el Premio Nacional. Abrí una cuenta bancaria en un paraíso fiscal para guardar los suculentos derechos de autor. La editorial sacaba una edición nueva cada mes. El morbo seguía vendiendo. Los programas televisivos de mayor audiencia solicitaron permiso al director de la cárcel para entrevistarme en directo. Era famoso y mis palabras y vivencias interesaban al público, aunque fuesen estúpidas o vulgares. Sin embargo, eran incapaces de comprender el acto de justicia que me llevó a matar a dos políticos prominentes, aunque no era el primero, ni sería el último, que había seguido ese método. La Historia está llena de magnicidios. Al fin y al cabo solo había seguido algunas normas sociales, aberrantes quizá, para alcanzar la fama. La única diferencia era que yo asumí  pagar un precio por conseguirla. Me condenaron antes de juzgarme.

Recuperé la libertad diez años después por buen comportamiento durante los que publiqué varias novelas y colecciones de relatos que tuvieron ventas regulares, pero ya había cumplido el objetivo: mi nombre era conocido por los lectores. Un diario de tirada nacional me ofreció escribir una columna semanal sobre el tema que quisiese, pero ya había decidido abandonar la escritura. No la necesitaba. Me instalé en el paraíso fiscal donde tenía la cuenta corriente y adquirí una mansión enorme con cuarenta habitaciones, piscina y pista de pádel donde disfruto la vida junto a tres señoritas siempre dispuestas a satisfacer mi más mínimo capricho,  cuando no estoy jugando al golf con actores y políticos retirados, navegando en mi yate “REY DE LOS MARES I”, o participando en cenas de gala para recaudar fondos para los más necesitados. Nadie pregunta el origen de mi fortuna. Soy famoso y lo demás es irrelevante en una sociedad basada en la riqueza, la apariencia, el negocio y el poder, donde se perdonan todos los abusos nacidos de la fama. 


CUARTA CLARIDAD

- La tradición afirma que san Maximino, uno de los setenta y dos discípulo de Jesús, navegó por el Mediterráneo junto a María de Magdala (antigua ciudad ubicada en la orilla occidental del lago de Tiberíades) o Magdalena hasta Sainte-Maries-de-la-Mer, cerca de Arlés (Francia). Después María se trasladó a Marsella y vivió sus últimos treinta años de vida como ermitaña en una cueva, la Sainte-Baume (La Santa Gruta en provenzal). Si bien otras tradiciones afirman que murió en Efeso, donde vivía junto a Juan el Evangelista. Su esqueleto fue repartido por diversos templos de la cristiandad, siendo su calavera la más espectacular y visitada en la cripta de la basílica de Saint-Maximin-la-Sainte-Baume a 40 kilómetros de Aix-en-Provence. En 1296 se abrió su tumba para devolver la mandíbula que había permanecido en Roma desde el 710. En el sepulcro encontraron la Santa Ampolla, que contenía tierra empapada de sangre de Jesucristo recogida en el Gólgota por ella misma, Tras la Revolución Francesa, la calavera se incluyó en un relicario de oro de 1860 kilogramos de peso, donde sigue en la actualidad, mientras que la Santa Ampolla fue sustraída y continúa desaparecida hasta la fecha.




- Construida como encargo del gobierno francés por el escultor francés Auguste Rodin, autor de “El Pensador”, junto a su colaboradora y amante Camille Claudel, hermana de Paul -quien se lo agradeció internándola en un psiquiátrico por su vida liberal, donde murió-, entre 1890 y 1917 , mide 6'35x4x1 metros y está fabricada en bronce. La escultura debía representar como tema principal la “Divina Comedia”. Consta de un tímpano donde destaca un busto de Dante, las dos puertas con bajorrelieves y figuras de centauros raptando mujeres y las jambas que representan los amores malditos la derecha, y el limbo, la izquierda. Ocho copias de la escultura están repartidas por diferentes lugares del mundo. Es conocida como la “Puerta del Infierno”. 




Federico II Hohenstaufen, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, rey de Alemania, Sicilia y Jerusalén, era políglota. Su mayor preocupación fue descubrir el lenguaje original de la humanidad. Para ello ideó el siguiente experimento: ordenó a las madres y nodrizas del imperio que amamantaran, bañaran y lavaran a los niños, pero que no los hablaran, pues quería averiguar si las criaturas pronunciarían sus primeras palabras en hebreo, latín, griego u otra lengua distinta, según explica su cronista Salimbene di Adam, teólogo franciscano nacido en Parma. Por desgracia los niños murieron antes de hablar, por lo que el emperador se quedó sin saber qué lengua emplearon Adán y Eva en el Paraíso Terrenal. 



Los denonimados “mortsafe” (salvamuerto) eran estructuras de hierro colocadas sobre las tumbas para evitar el robo de los cuerpos que se vendían después a médicos y estudiantes de medicina para practicar disecciones. Proliferaron durante los siglos XVII y XIX en Escocia e Inglaterra.



Este cuadro representa al gran Napoleón Bonaparte cruzando los Alpes a lomos de un magnífico córcel blanco. Es un buen ejemplo de propaganda política, pues el emperador galo cruzó dicha cordillera a lomos de un humilde borrico. 




QUINTA CLARIDAD


Escalera de la Sociedad de Autores de Madrid


  • El problema no es que la gente carezca de educación. El problema es que las gentes están lo suficientemente educadas para “creer” lo que se les ha enseñado, pero no para cuestionar lo que deben creer.- (Richard Feynmann, físico usamericano).



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