EL CANDIL
NÚMERO 68 ANNO IV
PRIMERA CLARIDAD
Tecnofeudalismo es el nuevo nombre que algunos “expertos” han dado a las viejas oligarquía y plutocracia por la influencia política, económica y social que las empresas tecnológicas ostentan en la actualidad. Salvo honrosas excepciones de gobiernos revolucionarios y extrema izquierda aparecidos en países sudamericanos preferentemente, siempre, desde que existe lo que llamanos Historia, han gobernado oligarcas y plutócratas; aunque los hayamos llamado reyes, emperadores, príncipes, emires, sultanes, califas, faraones o ... presidentes. También podríamos denominarlos dictadores, pues todos los gobiernos son dictaduras en alguna medida. Por tanto, el poder siempre ha estado en manos de un individuo adinerado -un pobre nunca alcanzaría el poder por el elevado coste económico que supone realizar una campaña electoral en la actualidad, salvo que se pliegue a los intereses financieros y empresariales o logre convencer al electorado con unas medidas políticas que serían atacadas por los citados intereses, si se sienten perjudicados por las mismas- o apoyado por un grupo minoritario -la élite, el gobierno en la sombra, los poderes fácticos, el aparato- con su dinero, por su fidelidad sorda y ciega, como banqueros, empresarios, militares, jueces o eclesiásticos a cambio de prebendas, privilegios y beneficios socioeconómicos que los coloquen por encima del resto, acogotado y adoctrinado para que mantenga y perpetúe con su trabajo, docilidad, descendencia y entusiasmo un sistema que favorece a dicha élite -siempre económica- y permite la existencia de los demás por necesidad, en el que prevalecen las ventajas para la minoría cercana al dirigente máximo y el reparto de las migajas al resto para que pueda sobrevivir y asegurar el funcionamiento del reino, imperio, principado, Estado, etc.
Es posible que todas las edades en que dividimos la Historia sean una sola: una Edad Media permanente en la que siempre hay y habrá señores feudales -los expertos en Inteligencia Artificial y los fabricantes de michochips por ejemplo- y siervos para que trabajen a cambio de un salario siempre insuficiente frente a los desorbitados beneficios de la élite que condiciona y asesora al gobernante, al señor del castillo, hasta el punto de provocar conflictos bélicos o derrocar gobiernos legítimos si acrecientan sus ganancias.
Tecnofeudalismo, oligarquía o plutocracia y democracia son conceptos incompatibles, pues persiguen fines antagónicos. La democracia pretende igualar las oportunidades de los ciudadanos. Las otras defienden la jerarquía social y el reparto de la riqueza entre unos pocos. Por tanto pueden considerarse enemigos irreconciliables. La gran cuestión sería explicar cómo personas que se declaran demócratas votan como gobernantes a oligarcas y plutócratas que siempre antepondrán sus intereses particulares a los generales y también comprender por qué se permite que dichos individuos sean candidatos en elecciones, de nuevo democráticas, cuando no buscan -ni creen- el bien común o social, sino el constante aumento de sus riquezas.
¿Tan eficaz es el adoctrinamiento como para anular conciencias y dirigir los esfuerzos generales hacia los privilegios particulares a cambio de las migajas y la supervivencia?
PRIMERA CLARIDAD (BIS I)
Zanahorio Burns ha invadido Venezuela y secuestrado a su presidente Maduro para juzgarlo en los Usa por narcotraficante y terrorista. Meses antes el citado Burns había amnistiado a uno de los principales narcotraficantes sudamericanos condenado a 45 años de cárcel: el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández. Las pruebas contra el venezolano se las inventarán y un juez colaboracionista y decadente -92 años- lo condenará como debe ser. Ha colocado a una dirigente pelele y ha exigido entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo cuyo beneficio controlará él personalmente. Recordemos que posee empresas petrolíferas, aunque puede ser una casualidad. De cambiar el chavismo por otro gobierno más democrático, nada de nada; pues no le interesa. La democracia, me refiero. Zanahorio Burns no es un político, por eso no comprende, ni quiere comprender, el lenguaje diplomático. Es un oligarca que busca el mayor beneficio personal cueste lo que cueste y a quien le cueste. "American First", su eslogan de campaña electoral, significa "el primer americano soy yo y mis intereses". Es un matón, un macarra, un enajenado, un soberbio; lo que suele llamarse un niño malcriado, que se enfada cuando no consigue el juguete deseado como... el petróleo venezolano o Groenlandia. La única forma de enfrentarlo es generando más fuerza de la que él ejerce, más miedo del que él provoca. En consecuencia, solo hay dos países que pueden hacerlo: China y Rusia. Entretanto, la UE opta por el diálogo, estrategia que Zanahorio Burns considera cobarde y derrotista. ¿Puedes hablar con alguien que no quiere escuchar?
Pero Zanahorio Burns no es el único responsable de la situación actual. También son culpables los setenta y dos millones largos de Homers Simpsons que lo votaron, los jueces corruptos que congelaron sus sentencias condenatorias dictadas contra él para que ejerciese la presidencia del país y la Constitución yanqui que permite que un criminal pueda ser candidato y presidente de la nación. Es decir, el responsable último es el sistema norteamericano, nada democrático desde luego por más que los yanquis presuman de ser la primera democracia del mundo. Los métodos de Zanahorio y su administración demuestran todo lo contrario.
Cuando decida anexionarse Groenlandia, por las buenas o las malas, ¿qué harán los dirigentes europeos? ¿Apoyarán a Dinamarca o se perderán en sus habituales discusiones bizantinas, mientras las empresas norteamericanas explotan los recursos de la isla y Zanahorio Burns baila y se ríe en el Despacho Oval?
PRIMERA CLARIDAD (BIS II)
Primera entrega de unas notas breves sobre los cerca de trescientos campos de concentración y trabajo franquistas existentes en el país tras el final de la guerra, ordenados por regiones, controlados por la Inspección Central de Campos de Prisioneros (ICCP), creada en 1937 según el modelo nazi de la Inspektion der Konzentrazionslager (IKL), cuyo significado puede suponer todo el mundo. Al ser considerados "forajidos y rebeldes en vez de prisioneros de guerra", los presos quedaban fuera de los tratados internacionales y eran recluidos siempre sin juicio previo alguno. Todo parece indicar la existencia de un plan premeditado por parte de los jerarcas franquistas.
GALICIA: Tuvo once campos confirmados más tres que no han podido ser ratificados con informes definitivos.
Las localidades donde se ubicaron son las siguientes:
BETANZOS: 2000 prisioneros. Funcionó entre 1937 y 1939. Instalado en una curtiduría.
CEDEIRO: 1000 prisioneros. Funcionó entre 1937 y 1938. Actual paseo marítimo.
FERROL: Instalado en el Arsenal de la ciudad. Los presos dormían en barcos fondeados en el puerto.
MUROS: Dos campos: uno ubicado en una fábrica de sal y otro en una conservera. Funcionaron entre 1937 y 1938.
PADRÓN: 1700 presos. Funcionó entre 1937 y 1940. Ubicado en un ingenio azucarero de Iria Flavia.
A POBRA DO CARAMIÑAL: Dos campos: uno en la conservera EL POZO (unos 1000 presos) y en otra conservera de Areal, localidad cercana.
RIANXO: 2000 presos. Ubicado en la fábrica de sal Godoy. Funcionó entre 1937-1939. Actual urbanización.
SANTIAGO DE COMPOSTELA: 2000 presos. Ubicado en Lavacolla, aeropuerto de la ciudad. En la actualidad, un monolito erigido en 2006 recuerda su localización.
LEIRO: Ubicado en el monasterio de San Clodio, funcionó durante 1939. Actual hotel de lujo.
A GUARDA (LA GUARDIA): 2000 prisioneros, aunque su capacidad era inferior a mil. Ubicado en el convento jesuita de Camposanto. Funcionó entre 1936 y 1939.
OIA: 3000 presos. Funcionó entre 1937 y 1939. Ubicado en el monasterio de Santa María.
Como puede suponerse las condiciones de salubridad y alimentación eran precarias o directamene inexistentes.
SEGUNDA CLARIDAD
- La ciudad de Jaca se quedará sin UVI móvil en Nochevieja, por estar cubriendo las campanadas de una fiesta privada en la estación de esquí de Formigal.
- TeleMadrid invita a uno de sus programas a María Dolores de Cospedal para que hable sobre corrupción al "ser experta en la materia".
-- "Defender el derecho internacional es ponerse cursi", afirma la señorita Ayuso.
- "Anoche entró un ladrón a casa. Buscaba dinero. Me levanté y nos pusimos a buscarlo los dos".
TERCERA CLARIDAD
JEREMÍAS
Jeremías, humilde oficinista en una notaría, casado, abnegado padre de dos hijos, salió un día a por tabaco como suele decirse a la hora habitual en que se dirigía a su trabajo, por lo que su hacendosa esposa, Caridad, no se extrañó; aunque llevase una bolsa de viaje en cuyo interior habría descubierto un poco de ropa, utensilios de aseo y sus libros favoritos.
En vez de caminar hacia el metro, cruzó la acera y entró al edificio situado frente a su vivienda habitual, en el que había alquilado un apartamento con una habitación, plato de ducha, lavabo y sanitario, saloncito y cocina americana, sea lo que sea.
Tras dejar la bolsa en el dormitorio, Jeremías se acomodó en una silla de madera y asiento acolchado ante al balcón del pisito, frente a las ventanas de su domicilio, con unos prismáticos que permitían observar por la noche y había comprado en una tienda deportiva del centro. Sería el lugar de observación de las idas y venidas de su amada esposa Caridad. Para evitar que lo descubriera, mantuvo bajada la persiana hasta la mitad de la terraza.
Jeremías era un romántico empedernido.
Abrió la primera cerveza Tsingtao del día a las nueve de la mañana. Días atrás había comprado comida y bebida en el colmado del chino de la esquina Por supuesto, había tenido la inusual precaución de guardarlos en la nevera para que no se estropearán. Se acopló los gemelos ante los ojos y observó el interior de su vivienda con nitidez y paciencia. Caridad limpiaba el polvo en su dormitorio, mientras tarareaba una melodía de su admirado Sabina. Un gracioso pañuelo rojo, que Jeremías veía por primera vez, recogía su hermoso cabello negro de ondulantes rizos. ¡Cuánto la amaba!
A las nueve y cuarto sonó el teléfono en su casa. Jeremías vio a Caridad correr hasta el recibidor, donde estaba el aparato. Como cabe comprender, no escuchó la conversación; pero pudo imaginarla a tenor de los gestos incrédulos de su amada Caridad. Maricielo, la secretaria de don Raimundo, el notario, le comunicaba que su marido Jeremías no había acudido a trabajar y Caridad respondía que había salido de casa a la hora habitual. Entonces, comenzó a alarmarse, a preguntar al aire dónde se habría metido ese hombre, qué le habría pasado, si habría sufrido algún accidente en el metro o si le habrían robado o agredido, o si se habría confundido de andén, siempre tan distraído, o que... Comenzó a llorar e hiperventilar, palabra tan moderna. Jeremías supuso que Maricielo afirmaría que telefonearía a los hospitales por si hubiera ingresado en alguno y que llamaría más tarde para comunicarla el resultado de sus pesquisas, pues Jeremías era un empleado modélico que gozaba de la más alta estima de don Raimundo. Tras colgar el aparato, Caridad se sentó en una silla como la que ocupaba Jeremías, pues él la había cogido de su vivienda antes de abandonarla, y apoyó los codos sobre la mesa redonda del comedor. Encendió un cigarrillo, mientras miraba hacia ningún lugar concreto. Estupefacto, Jeremías descubrió que su amada Caridad fumaba a escondidas. El rostro de su mujer mostraba un gesto incrédulo. Jeremías, su Jeremías, era un hombre meticuloso, ordenado, pulcro, de costumbres fijas y rutinarias. Su Jeremías era un buen marido: atento, respetuoso, obediente, cariñoso con ella y los niños... Jeremías sería el marido perfecto, si no fuera tan anodino.
Desde su puesto de observación, Jeremías la vio incorporarse y regresar al dormitorio para continuar la limpieza hasta que, sobre las diez de la mañana, volvió a sonar el teléfono. Por sus gestos, supuso que era Maricielo, comunicándole que Jeremías no estaba en ningún hospital ni había aparecido por la notaria. Entonces él supuso que aumentaría la angustia de su querida Caridad, que bebería un poco de vino para tranquilizarse, que encendería otro cigarrillo por la misma razón, que telefonearía a la cotilla de Pitina, su mejor amiga desde el colegio, para contarle su desaparición, para decirle que Jeremías había hecho algo fuera de lo habitual, que le trasladaría su angustia e incertidumbre, y hablarían largo y tendido durante una hora larga tal y como reflejaría la factura siguiente. Entonces, su amada Caridad se preguntaría cómo iba a pagarla, pues Jeremías le daba una cantidad semanal para los gastos domésticos, si no aparecía pronto, dejaba de trabajar y de cobrar un sueldo por tanto; lo que también supondría que tanto ella como los niños quedarían en la más absoluta indigencia. Quizá quedasen para tomar café esa misma tarde para que Pitina la consolase y revelase los últimos chismes de la vecindad, salvo la existencia de otro apartamento parecido al de Jeremías donde Gonzalo, el marido de Pitina, ingeniero agrónomo, se reunía con su compañera Aurora para revisar con más detenimiento el trabajo pendiente; pues ignoraba esa circunstancia.
Sobre las once de la mañana, Caridad empezó a limpiar el comedor sin que hubiera vuelto a sonar el teléfono. Jeremías imaginó que ella o Maricielo habrían contactado con la policía para denunciar su desaparición, aunque debía ser pronto para tener resultados.
A las doce, Caridad comenzó a preparar la comida para los niños: espaguetis a la carbonara, filete de pollo empanado y fruta. Sencillo de cocinar y muy nutritivos para esos diablillos que rebosaban energía y eran tan malos estudiantes como lo fue su padre. Solo el enchufe de su tío Patrocinio le permitió colocarse de botones en la notaría de don Raimundo, donde, merced a su buena disposición y obediencia ciega a todas las órdenes del notario, pudo ascender en el escalafón hasta su actual empleo de oficinista de segunda con un sueldo casi miserable, pero... seguro en los tiempos que corrían.
A la una del mediodía, Caridad se embutió en un vestido floreado pasado de moda y bajó a la calle para recoger a los niños del autobús escolar. Jeremias nunca comía en su casa por motivos laborales: la notaría estaba en el otro extremo de la ciudad y, por tanto, no le compensaba el desplazamiento para compartir mesa y mantel con su familia.
A esa misma hora, Jeremías se calentó una fabada de bote en la escueta cocina del apartamento, abrió una botella de vino y se dispuso a degustarlos, mientras veía comer a sus descendientes y a su amada Caridad y escuchar las noticias en la radio. Esa era otra razón para que no comiese con ellos. Las guerras, las desgracias, los crímenes y las injusticias que se producían en el mundo todos los días le producían tal desazón que perdía el apetito.
Caridad recogió los platos, los cubiertos y los vasos y comenzó a fregarlos, mientras los niños dormían la siesta. Era verano y no tenían colegio por las tardes. A las cuatro, su querida Caridad se preparó un café y se sentó en el sofá para ver una telenovela colombiana de amores tórridos, pero desgraciados, que la hacía llorar desconsolada; mientras se preguntaba cómo podía haber mujeres tan desdichadas, tan diferentes a ella que tenía un marido y unos hijos ideales; aunque siguiese sin noticias de Jeremías. ¿Dónde se había metido? ¿Por qué no llamaba? ¿Estaría secuestrado? Pero, en ese caso, ¿quién sería el torpe que ignoraba su magra economía y la consiguiente imposibilidad de pagar un rescate?
A las seis de la tarde, Caridad se levantó y dirigió hacia la puerta de la vivienda, que abrió para permitir el paso a Pitina, que, como había previsto Jeremías, había venido a consolarla. Se abrazaron y besaron como las buenas amigas que eran. Se instalaron en el salón. Caridad sirvió dos copas de anís y comenzaron a charlar, mientras fumaban sendos cigarrillos. Los niños ya se habían despertado y jugaban en su habitación.
A las seis de la tarde, llamaron a la puerta del apartamento de Jeremías. Tras abrirla, entró Maricielo. Se abrazaron estrechamente. Se besaron con pasión. Jeremías depositó los prismáticos sobre la silla en la que había estado sentado, observando a su amada Caridad. Luego, pasaron al dormitorio. Tras el amor, Jeremías la recitó aquellos versos de Octavio Paz que decían: “Voy por tu cuerpo como por el mundo / tu vientre es una plaza soleada / tus pechos, dos iglesias donde oficia la sangre sus misterios paralelos...” , y que había declamado a Caridad tras su noche de bodas.
En su casa, su antigua casa, Pitina ya se había marchado y Caridad preparaba la cena para los niños. Jeremías y Maricielo bajaron a cenar a un bar cercano. Nadie se extrañaría de que dos compañeros se reunieran por motivos laborales; como llevaba haciendo algunos años el marido de Pitina. Nadie esperaría que, tras abandonarlo, Jeremías permaneciese en la misma zona de la ciudad donde estaba su domicilio familiar.
A las nueve de la noche, Caridad acostó a los niños. Regresó al salón para charlar con Jeremías sobre su jornada en la notaría; pero... estaba sola. Por primera vez lloró más sorprendida que triste. Era cierto que su amor había disminuido con el paso del tiempo, pero seguían apreciándose y respetándose. Su madre le había pedido que no permaneciese sola, que fuese a vivir con ella, viuda y única habitante de la casona que tenían en el pueblo. Caridad permanecía indecisa, pero había llenado dos maletas con sus pertenencias. Si Jeremías no aparecía en unos días, se plantearía el traslado; aunque ahora no podía sacar a los niños del colegio a final de curso. Volvió a llorar, mientras veía “Casablanca” en el televisor. Siempre le gustó esa película, el gesto gallardo de Bogart al renunciar a la mujer amada.
Enfrente, Jeremías la observaba a través de los prismáticos. Maricielo se había marchado a su domicilio. Habían quedado en buscar un piso para ambos. Al día siguiente alegaría ante don Raimundo una indisposición pasajera y reanudaría sus tareas sin problemas. Tal vez, Caridad llamaría de vez en cuando a Maricielo para saber si Jeremías había vuelto a la notaría o tenía novedades sobre su paradero.
A las once, tras finalizar la película, Caridad se aplicó en el baño una crema facial antiarrugas en el baño, se puso el camisón y acostó en el lado derecho de la cama matrimonial tal y como llevaba haciendo desde hacía nueve años; aunque en esta ocasión la embargaba una sensación extraña, pues sería la primera vez que dormiría sola en el mismo periodo de tiempo.
A esa misma hora, Jeremías se levantó de la silla, se lavó los dientes y orinó en el baño. Después, entró al dormitorio, se desnudó y acostó. Meses atrás había leído que el enamoramiento duraba entre cinco y siete años. Sorprendido, recordó que llevaba casado nueve años con Caridad, que su primogénito Jaimito tenía siete años, y la niña, Angelita, cinco. Entonces, comprendió que debía finalizar esa relación antes de que se desmoronase del todo para evitar el drama de un divorcio a su querida Caridad y a los niños, el trauma de una separación, por muy amistosa que pudiera ser. Entonces comprendió que debía marcharse e iniciar una nueva vida junto a otra mujer en otro lugar; tal vez, formar una nueva familia y tener otros hijos hasta que el fatídico plazo de duración del enamoramiento le obligase a abandonarlos y comenzar en otro sitio. Durmió plácidamente.
Jeremías era un romántico empedernido.
CUARTA CLARIDAD
- En
1866, durante la Guerra Austro-Prusiana, el
pequeño principado de Liechtenstein, como aliado de Austria, estaba
obligado a enviar tropas. A regañadientes, reunieron un "ejército"
de 80 hombres.
Su
misión fue vigilar un paso de montaña alpino lejos de la acción
principal. Pasaron semanas allí arriba sin ver un solo enemigo,
básicamente disfrutando del paisaje, bebiendo vino y haciendo
guardias aburridas.
Cuando
la guerra terminó, el pequeño ejército marchó de regreso a su casa
en Vaduz, capital del principado. Al llegar, hicieron el recuento de tropas y la sorpresa fue
mayúscula: habían salido 80 hombres, ¡pero regresaron 81!
Resulta
que, durante su tiempo en las montañas, se hicieron amigos de un
oficial de enlace austriaco (algunas versiones dicen que era un
desertor italiano) que se encariñó tanto con el grupo que decidió
unirse a ellos y volver a Liechtenstein. Fue la última guerra en la
que participó el país, que disolvió su ejército poco después.
- Tras una tertulia en el “Parnasillo”, café sito en la madrileña calle del Príncipe (Barrio de las Letras), un grupo de escritores románticos como Mesonero Romanos, Larra (integrante de los Voluntarios Realistas, grupo paramilitar absolutista), Ferrer de los Ríos, Martinez de la Rosa, Alcalá Galiano, Espronceda (que ingresó en la Guardia Real), Ventura de la Vega, Zorrilla y Patricio de la Escosura, conocido como “La Partida del Trueno”, decidió salir a la calle para gastar sus habituales bromas y provocaciones como... apalear a ciudadanos que consideraban rivales políticos, aunque una de sus intervenciones más sonadas fue pintar de rojo la carroza del Duque de Alba; lo que impidió reconocerla al noble, cuando salió de su domicilio. También disfrutaron apagando las farolas de gas con las flechas de una cerbatana. Muchas noches durmieron en los calabozos. Románticos y pendencieros.
- Las" lavanderías de la Magdalena" fueron un sistema de asilo durante la década de 1920, dirigido por monjas católicas en Irlanda, en el que trabajaron unas diez mil mujeres, muchas madres solteras, donde se las obligaba a realizar duros trabajos físicos. Algunas entraron voluntariamenre, otras fueron ingresadas por sus familiares y otras, por las autoridades, para que se reformaran al ser descubiertas prostituyéndose o viajando sin billete en el tren. Todas eran consideradas "mujeres caídas". La principal labor que realizaban era, como puede suponerse, lavar ropa, pues las queridas monjitas habían firmado pingües contratos con el ejército, hoteles, el gobierno o la muy irlandesa fábrica Guinness. Funcionaron entre 1922 y 1996. Las mujeres, encerradas en las instalaciones, no percibían ningún salario por su trabajo; mientras las religiosas cobraban por los servicios de lavandería. Rogamos una oración por las muy cristianas hermanas de Nuestra Señora de la Caridad, las Hermanas de la Piedad, las Hermanas Religiosas de la Caridad y las Hermanas del Buen Pastor, gestoras de las seis lavanderías que funcionaron en Irlanda en el período de tiempo citado, de las que las trabajadoras tenían prohibido salir hasta completar "su período de purificación".
QUINTA CLARIDAD





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