<<EL NUEVO CHAFARDERO INDOMABLE
NÚMERO 191 ANNO IX>>
PRIMERA PLANA
Casi todos tenemos un paisaje
sentimental que añoramos y solemos visitar si continúa existiendo.
Son lugares que parecen cumplir una misma condición: fuimos, o nos
sentimos, felices en ellos. Esta es la excusa para citar algunos
bares en que fui muy dichoso, aprendí muchas lecciones (algunas
provechosas) y compartí risas y amistades con personas de bien (muy
diferentes a las aludidas por el aspirante Feijóo).
Sin que compongan una jerarquía o una
prevalencia, comenzaré por “El Tano”, aunque quizá no fuera su
verdadero nombre. Estaba en la calle de Juanelo. No recuerdo cómo lo conocimos o quién lo descubrió. Era un local
impersonal con una docena de mesas metálicas con sus respectivas
sillas. En una de ellas siempre estaba jugando el encargado o el
dueño. Tampoco recuerdo si era mus o dominó. El establecimiento
tenía una larga barra metálica sobre la que había varias cristaleras
que protegían las habituales patatas ali-oli, boquerones en vinagre, ensalada de pulpo con cebolla y pimiento verde, aceitunas de varios colores y procedencia desconocida, etc, y, a la
derecha de la puerta, un mostrador dedicado a las gambas, percebes, cigalas, patas de cangrejo y nécoras, es decir, la principal atracción del
lugar junto con las jarras de cerveza, que iban desde la
matrícula de honor al simple aprobado. Uno de los camareros tenía
el pelo negro muy rizado y gafas de gruesos cristales que le
conferían un aspecto despistado. Cuando Enrique, Quique y yo
entrábamos, pedíamos tres notables de rubia y refrescante
cerveza, los primeros de una larga serie que nunca sabíamos cuándo
terminaría (sólo sabíamos que era el comienzo de una provechosa tarde-noche de... cualquier día). Ante nuestra sorpresa y
de los presentes, tras servirnos las consumiciones, Enrique se subía y sentaba sobre la barra y decía al
camarero citado: “Oye, ¿no pones así nada con esto?”. A
continuación, nos presentaba tres gambas en un platillo blanco.
Luego comenzábamos a charlar sobre música, libros, películas..., es
decir, los temas típicos de unos intelectuales como nosotros, hasta
que decidíamos cambiar de escenario y respirar un poco de aire
fresco. Ahora es un local cerrado en desuso.
Un poco más abajo, en la calle
Caravaca, cerca de la Plaza de Lavapiés, frecuentábamos un diminuto
establecimiento, que tuvo un ascenso vertiginoso y una caída aún
más rápida, en el que servían licor de madroño y unos pastelillos
de un solo bocado. Aún pagábamos con pesetas el día
que las teníamos.(Por entonces, Enrique cobraba una pensión no contributiva de treinta y tantas mil, Quique viviría de sus bolos supongo y yo era contable en una pastelería-obrador miserable de la calle Augusto Figueroa donde cobraba seis mil pesetas mensuales). Era una bebida lechosa y agradable que
alcanzó gran demanda a finales de los 80 y principios de los 90 y que, tal vez, murió de su propio éxito tras
abrir una sucursal o franquicia en la calle del Espíritu Santo.
Ya de madrugada, tras una profusa y
saludable ingesta de cerveza, recalábamos en “El Ñeru”, un
local poco higiénico de ambiente y cocina asturianos (como cabía esperar de su denominación) que también ha
desaparecido, convertido en otro negocio, un cofee, que siempre encuentro con el cierre
bajado al pasar por su puerta. Solía haber cola frente al mostrador acristalado donde vendían
sus nutritivos bocadillos de calamares fritos que han salvado de la
inanición a miles de noctámbulos irredentos como nosotros a los
que resultaba indiferente el color de los cefalópodos aludidos;
aunque Enrique y yo nos decantábamos por el verde fosforito.
Cerca de allí estaba -sigue estando,
aunque también lo veo cerrado cuando paso por la calle de Cuchilleros- un local de nombre
rimbombante: “El Mesón de la Cerveza”. Enrique, Quique y yo nos situábamos al
final de la barra de obra y pedíamos un plato de champiñón con taquitos de jamón a la plancha,
dos jarras de cerveza rubia y otra de negra. A Enriquito siempre le
gustó pasar desapercibido. Entre birra y birra seguíamos hablando
de libros, películas y música (quizá de la próxima actuación de
Quique y su grupo de entonces, en plena Movida; aunque no me atrevo a asegurarlo).

Otro días dirigíamos nuestros pasos
hacia Malasaña, entrando en cuanto bar aparecía en nuestro camino
-”paradas técnicas” las llamaba Enriquito- o nos deteníamos en
la “Ardosa” para saborear una pinta bien tirada de cerveza densa
y nutritiva. Nuestro destino era un tugurio infecto -cuyo nombre no
recuerdo o he logrado olvidar-, regentado por un matrimonio maduro
-él pequeño y ella grande y rubia de bote-, seguidores del Madrid y
el Atleti; por lo que se pasaban discutiendo todo el tiempo. El amor
tiene múltiples facetas. Pero las verdaderas estrellas del lugar y
el motivo de nuestra visita, amén de la cerveza, eran sus dos
perros, una especie de Tip y Coll en cuanto al tamaño. Su destreza
jugando al futbolín era legendaria. Ver al perro más grande de pie
manejando las barras del portero y la defensa con las patas delanteras era tan alucinante, tan
surrealista, que siempre ganaba a sus contrarios, inmóviles de
admiración y perplejidad. Luego se llamó “Akelarre” tras el
fallecimiento o jubilación de los dueños. Después, je ne sais pas.

Algunas noches solíamos quedar con
Andrés, un colega de oposiciones, en el “Ragtime”, un pub donde escuchábamos a
los grandes del jazz -Satchmo, Holiday, Coltrane, Parker, David, Gillespie, Cannonball, Baker, Morton, Ellington, Blakey, Vaughan, Young, Fitzgerald, Gordon, O'Day...- y bebíamos sucesivas Voll-Damn hasta que
cerraban de madrugada. Volver a nuestras casas era un problema menor
o secundario del que nos salvarían un taxi o el búho, si
recordábamos dónde paraba o dónde estaba nuestro domicilio. En
este local escribimos varias poesías automáticas -como aquella que empezaba con "Tus ojos, que no ven, son verdes y grises"- entre los lamentos
de Andrés por su amor no correspondido -ser el tercero en una pareja
no suele terminar bien-. Algunos clientes fumaban sustancias
prohibidas. Algunos clientes se parecían a nosotros. El “Ragtime “
cerró sus puertas derrotado por otros ritmos y otros gustos.
Otras noches acudíamos a “La
Escondida”, una tabernita próxima a Puerta Cerrada. Tenía una
barra pequeña y varias habitaciones que siempre me recordaron la
vivienda de Pedro Picapiedra por su decoración y rusticidad en las
que era frecuente encontrar parejas dándose la paliza o...
hablando bajito con los labios muy juntos. Nosotros seguíamos tratando temas exclusivamente
intelectuales como... el culo de Tina Turner. Creo recordar que el dueño
o el camarero tenía acento argentino o sudamericano y servían finos y vinos
olorosos, por lo que siempre pedíamos cerveza. Ahora, con otro
nombre, y responsable supongo, desconozco su especialidad; pues nunca me ha
gustado beber solo.
Esta reseña apresurada no representa
un itinerario fijo u obligatorio -nada en nosotros lo era-, sino una
evocación fragmentaria de lugares entrañables que ayudaron a crecer a mi estómago y compartir grandes momentos con individuos creativos y
muy sedientos.
Seguro que he olvidado algún local que
también frecuentamos, pero ya saben que la memoria es caprichosa,
fragmentaria y olvidadiza; lo que no deja de ser una curiosa
paradoja.
Poco a poco van desapareciendo los
lugares donde convivimos con
los amigos como, poco a poco, vamos desapareciendo ellos y yo.
¿QUÉ SUCEDIÓ EN ESTOS DÍAS?
- Un acusado de violencia machista se cambia de sexo para que no puedan inculparle según la ley contra la violencia de género.
- La candidata popular al ayuntamiento de León intenta presentar en público su lista, su partido la desautoriza y se queda sola en el acto.
- Centros médicos privados gallegos utilizan máquinas de alta tecnología donadas por la Fundación Amancio Ortega a la sanidad pública por "falta de espacio en el hospital universitario de La Coruña".
- Ocho meses de cárcel a una estudiante de medicina por cambiar varias respuestas durante la revisión de un examen.
- "La homosexualidad es un vicio repugnante en lo social, aberrante en lo sexual, perverso en lo psicológico y déficit en lo endocrino" sentenció un juez en 1951. Otro lo consideró "un atentado contra el Espíritu Santo".
- Un cliente pide en un bar un Cacaolat hirviendo, pero que no queme.
- Una senadora del PP por Burgos vota contra una moción para invertir en su provincia.
- "Asesinos, manipuladores, os estamos vigilando, criminales, miserables, sicarios al servicio del mal" son algunos comentarios recibidos por la AEMET en su twitter, enviados por negacionistas -anónimos como cabe esperar- del cambio climático.
- El ayuntamiento de Zaragoza impondrá multas hasta 1500 € por rebuscar en la basura.
- La Fiscalía de Barcelona pide más pena de cárcel para la agredida que para su agresor sexual (a estas horas aún no han cesado al fiscal).
OLDIES
Eva Carboni, intérprete de blues y jazz, escritora y artista plástica nacida en Cerdeña, nos deleita con el tema homónimo de su segundo álbum : "Smoke and Mirrors".
https://www.youtube.com/watch?v=beWlleUusFI
LITERALIA
LA
TRASTIENDA
“Doña
María de la Nunciatura Fernández Larriba falleció entre las tres y
cinco de la madrugada del día veinte del corriente, festividad de su
setenta y ocho cumpleaños, a consecuencia de un fallo multiorgánico
según certificó el médico forense tras realizar la pertinente
autopsia. Como vivía sola, no recibió ningún tipo de ayuda. Los
vecinos del inmueble avisaron a la policía cuatro días después al
extrañarles su reiterada ausencia, pues, según los testimonios
recogidos por los agentes judiciales, solía limpiar la escalera a
primera hora de la mañana”.
Cerré la
pluma, guardé la breve reseña en la carpeta de <<FAMILIARES
DESCONOCIDOS>> y abandoné el despacho. Fiché sobre las seis y
media de la tarde, salí a la calle y caminé lentamente hacia el bar
de todos los días; donde me reunía con tres o cuatro amigos para
compartir unas cervezas y unos dardos. Al día siguiente, hablaría
con la Seguridad Social para averiguar si tenía familiares vivos, y
con los vecinos, por si podían añadir algún dato nuevo a otro caso
de “óbito solitario” como decía mi superior, el ilustre
Melquíades, ingeniero agrónomo y Jefe del Departamento Municipal de
Lesiones y Decesos. Al día siguiente, muy temprano, realicé la
primera llamada:
Buenos días,
señorita. Me llamo Rafael Buendía y trabajo en el ayuntamiento
–dije a la melodiosa voz femenina que me recibió con las
palabras: “Activos, dígame” al otro lado del teléfono.
Le atiende
Candi. ¿En qué puedo servirle? – añadió.
Quisiera
saber si doña María de la Nunciatura Fernández Larriba tiene
familiares vivos.
¿Tiene el
DNI?
Un momento.
Tras buscarlo
en el dossier, retomé el auricular y afirmé:
Señorita...
211221.
Espere unos
segundos.
Después,
disfruté unos momentos de música clásica que me deprimieron
sobremanera.
¿Sigue usted
ahí? – inquirió Candi.
Por supuesto.
Según
nuestros datos, tiene un hijo llamado Carlos Masnou Fernández,
residente en Favara, provincia de Valencia.
¿Tiene algún
teléfono o dirección particular?
Esa
información está descentralizada y, por tanto, no estamos
autorizados a facilitarla. ¡Buenos días!
Colgó.
Me dirigí al
Departamento de Correos; donde consulté una guía telefónica de la
citada población, aunque no encontré a ningún Masnou. Decidí
llamar al ayuntamiento, donde me atendió una joven a la que no
entendí ni palabra hasta que decidió utilizar el mismo idioma que
yo. Con voz clara y musical, me comunicó que “el señor Masnou, al
no ser nativo de la población, no constaba en la guía telefónica
por acuerdo municipal de mil novecientos sesenta y cinco; estando
incluida, por natural, su esposa, doña Amparo Férriz Climent,
domiciliada en la plaza de Juan Carlos I, antigua Francisco Franco, y
con teléfono 96271598”.
Regresé a mi
despacho y efectué la segunda llamada. Poco después, me respondía
una voz indefinida.
¿Quién va?
El señor
Carlos Masnou Fernández, por favor.
¿Quién es?
¿Qué quiere?
¿Es usted el
señor Masnou?
¿Quién
pregunta?
Me llamo
Rafael Buendía y trabajo en el Ayuntamiento de Madrid.
¡Y a mí
qué!
Eso depende.
¿De qué?
De que sea o
no, Carlos Masnou Fernández.
El mío
marido está en la huerta y no regresa hasta media tarde.
¿Sobre qué
hora aproximadamente?
Entre cinco y
seis.
Llamaré
entonces.
Colgué el
aparato.
A
continuación, me reuní con el ilustre Melquíades y le comuniqué
mis avances en el caso de doña María de la Nunciatura, expediente
M-03/583. Tras fugaz reflexión, me ordenó que hablase con los
vecinos por si conocían a otros familiares o allegados y que, en
caso negativo, incluyese a la finada en la lista de “los comunes”.
Me despedí de
mis compañeros y, dando un paseo –hacia una mañana preciosa-, me
trasladé hasta el domicilio de la difunta: un destartalado inmueble
bajo protección oficial sito en la Travesía de Cabestreros. Erigido
en 1911, el edificio, con una disposición similar a las corralas,
constaba de cuatro pisos y una azotea comunitaria. Cuarenta familias
habitaban las exiguas viviendas que se abrían a un patio interior y
compartían los servicios situados en los rellanos de las escaleras.
Casi todos rondaban, o sobrepasaban, la edad de doña María de la
Nunciatura, y, salvo contadas excepciones, vivían solos como ella.
El casero había presentado seis expedientes de ruina, que Urbanismo
había rechazado, alegando que pagaban una renta muy baja y que la
única forma de rentabilizar el edificio era desahuciar a los
inquilinos y convertirlo en un bloque de apartamentos de lujo.
Doña
Patrocinio, la portera, era una mujer muy menudita y cariñosa, un
poco sorda. Envuelta en una toquilla gris, me atendió en su cubil,
que calentaba con un brasero escondido bajo la mesa camilla. Tras
identificarme, le expuse el motivo de mi presencia en el inmueble. Me
tomó de la mano, me empujó hacia el interior y me invitó a un
caldo recién hecho para calentar el cuerpo y para que no nos oyera
esa jauría de chismosas que eran sus vecinas según palabras
textuales.
Mire, joven,
Nancy era una buena persona y una mejor vecina.
¿Ha dicho
Nancy?
¡Claro,
Anunciación!
Disculpe
usted, doña Patro, pero se llamaba María de la Nunciatura.
¡No pude
ser! En los recibos, ponía Anunciación.
En la partida
de nacimiento, consta María de la Nunciatura.
¡En fin,
intentaría suavizar el nombre!
Continúe
usted.
Vivía aquí
desde hacía treinta años. Su marido, el señor José, un hombre
demasiado tieso para ella, era ferroviario. Durante quince años,
fue jefe de estación en Peñaranda de Bracamonte, provincia de
Salamanca, hasta que consiguió el traslado a la capital por
mediación de un tío militar. Alquilaron este piso, porque
resultaba económico y quedaba relativamente cerca de la Estación
de Atocha; donde él estaba destinado. Nancy se dedicaba a su casa y
a sus dos hijos. Nunca dio motivos de escándalo o denuncia.
¿Ha dicho
dos hijos, doña Patro?
¡Dos
desagradecidos, joven! El mayor salió tan presumido y fanfarrón
como su padre. Vestía como un príncipe, no trabajaba en nada y se
pasaba las mañanas en los billares; las tardes, tonteando con las
criadas, y las noches, alternando en los cabarets. Le mataron una
madrugada por un asunto de dinero. Al infeliz, le cosieron a
puñaladas en el portal.
¿Y el otro?
¡Carlitos!
Un descastado que hizo la mili en Valencia, se casó con una
lugareña, y, si te he visto, no me acuerdo. Ni una mala carta o una
llamada telefónica. ¡Nada de nada! Ni siquiera vino al entierro de
su padre.
Llamé a su
domicilio, pero estaba trabajando. Debo comunicarle el fallecimiento
y preguntarle si se ocupará de los gastos.
¿Ese
miserable...? – inquirió la portera, mordiéndose los labios.
Me decía
usted que la finada era buena persona. Entonces, ¿por qué murió
sola?
¡Como
todos!... Siempre estamos solos al nacer y al morir... ¡En los
momentos más importantes de nuestra vida!
¿Contribuiría
a pagar su entierro?
Nuestra
amistad no era tan profunda, joven.
En fin, doña
Patro, ¡gracias por el caldo y el palique!
No se
merecen.
Seguiré
hablando con los vecinos.
Desconfíe,
joven, desconfíe.
Doña Amalia
ocupaba la vivienda anterior a la de la difunta; por eso empecé con
ella. Viuda y madre de militares, rondaba los ochenta años y
caminaba con la ayuda de un par de muletas. Ante mi extrañeza,
comentó que el ministerio le había expulsado de su casa tras el
fallecimiento del marido, brigada de infantería, y que había podido
refugiarse en aquel tugurio, porque pertenecía a un pariente lejano
que nunca le perdonó el alquiler y ahora pretendía desahuciarla.
Mientras compartíamos una taza de té, me comentó que Nancy había
sido muy desgraciada, pues su marido tenía una mantenida en la calle
Serrano y sólo aparecía por aquí para traerle la ropa sucia,
pegarle, cuando se negaba a lavarla, y acostarse con ella; porque era
su obligación como esposa legítima. Cuando murió, el hijo mayor
ocupó su lugar; aunque sólo le pegaba, cuando no tenía suficiente
dinero para él. El pequeño desapareció muy pronto, así que la
pobre siempre estuvo sola y dolorida. Por las tardes, merendábamos
juntas; unas veces en su casa y otras, en la mía, y siempre me
preguntaba lo mismo: “¿Para qué he nacido yo, Amalia? ¿Para
sufrir?”. Procuraba distraerla, contarle alguna anécdota
divertida; aunque rara era la noche en que no la sentía llorar,
cuando volvía a su domicilio. ¡Estas paredes son muy delgadas,
joven!
La portera me
ha dicho lo mismo que usted, más o menos. ¿No tenía sobrinos,
primos, hermanos...?
Tenía un par
de sobrinos en el pueblo, pero murieron antes que ella.
Me ha dicho
antes que doña María de la Nunciatura...
¿Cómo ha
dicho?
María de la
Nunciatura.
Se llamaba
Anunciación.
¡Qué
curioso! La portera afirma lo mismo, pero la partida de nacimiento
confirma que su verdadero nombre era María de la Nunciatura
Fernández Larriba.
¿Eso es un
nombre?
¡Por lo
visto! … Como iba diciendo, si era tan buena persona, ¿por qué
murió sola?
Porque somos
muy egoístas y muy insolidarios, porque sólo nos interesan los
demás, cuando nos ven o nos beneficia.
¿Estaría
dispuesta a pagar su entierro, si el hijo no quisiera hacerlo?
Mi pensión
es muy pequeña y..., además, ¿para qué están ustedes?
El señor
Julián vivía en el piso siguiente al de la difunta. También viudo,
había trabajado de panadero toda su vida y, por eso, padecía
insomnio desde que se jubiló. No conseguía adaptarse al horario
normal y mantenía el sueño cambiado; por lo que no era raro, según
me comentó, verle pasear de madrugada por el barrio. Ante mis
preguntas, respondió que la señora Nancy –también se extrañó
al conocer su auténtico nombre- había sido una vecina magnífica
que nunca le dio motivos de queja. Un retrato suyo, frente al que
parpadeaba una vela, destacaba sobre la mesilla del escueto
dormitorio. Expuso una historia similar a la de sus vecinas, aunque
añadió que más de una vez se enfrentó al marido para evitarle
golpes. Noté cierta emoción en sus palabras. Por un momento,
sospeché que la consideraba algo más que una vecina. Mientras
apurábamos un vaso de vino y un poco de jamón, me confesó que
algunas noches, antes de acostarse, jugaban una partida de cartas
para distraerse, compartían una taza de té y charlaban sobre sus
respectivos pueblos entre suspiros nostálgicos. Estaban solos y se
ayudaban a huir de dicha condición. Un día llamó a su puerta el
hijo mayor, le cogió por la solapa y, entre amenazas, le prohibió
volver a ver y hablar a su madre. Poco después, le apuñalaron en el
portal; aunque yo no tuve nada que ver. Seguimos viéndonos, ya que
el otro hijo tampoco estaba y el marido había fallecido en brazos de
su amante a causa de un ataque cardíaco. Al segundo vaso de vino,
comprendí que las noches pueden ser muy largas y la soledad, muy
grande. Creí entender entre sus palabras que una situación llevaba
a la otra. Cuando le pregunté por qué había muerto sola, me
contestó que no había querido molestar a nadie, a él, que tanto la
echaba de menos. Sin embargo, declinó contribuir a su entierro para
evitar habladurías. Me despedí del anciano con un apretón de manos
y una seña cómplice.
Los demás
vecinos del primero reiteraron la misma historia sin variaciones
importantes, por lo que subí un piso y llamé a la puerta del
inquilino que vivía encima de la fallecida. Resultó ser Braulio
Algodonales, un hombre de unos treinta años, pelo peinado al estilo
rastafari, barba de varios días, voz soñolienta y aretes dorados en
ambas orejas. El cuarto desprendía un olor que me resultó familiar,
aunque me cuidé mucho de hacer comentarios al respecto.
Me presenté,
me palmeó amistosamente los hombros, y me invitó a pasar al
interior.
¡Va, tío,
no veas! La Nancy era una enrollada dabuten.
¿Puede ser
más explícito, señor Algodonales?
Llámame Bru
Li, tío. ¡Lo hacen todos!
Muy bien,
señor Bru Li.
Siempre tenía
un plato caliente para mí y, cuando andaba con el mono, era la
única que me cuidaba. ¡Ha sido mi segunda madre, aunque a la
primera no la conocí!
¿A qué se
dedica usted?
Soy diseñador
informático, tío.
¿Fabrica
ordenadores?
¡Para nada,
colega! Creo juegos para consolas. ¡Se gana un pastón y trabajas
en tu casa!... ¡Dabuten, tío!
¿No tiene
jefes, ni horario fijo, ni plazos de entrega?
Más o menos;
pero todo es muy relajado. Unas rayitas por aquí, unas copitas por
allí, y, cuando lo he terminado, vuelo hasta Barcelona a cargo de
la empresa y entrego el producto. Lo visualizamos, discutimos los
cambios o mejoras y regreso para perfeccionarlo. Después, lo
presentamos a la prensa y a los posibles compradores en una fiesta
donde te metes y comes de todo, azafatas incluidas.
Parece un
trabajo muy entretenido.
¡Ya te digo,
colega!
Me decía
usted que Nancy –cuando le comuniqué el verdadero nombre de la
difunta, exclamó: “¡Qué flipe, tío!”- era una buena persona;
entonces, ¿por qué estaba sola, cuando murió?
¡Ya sabes,
colega! Cada uno va a lo suyo y sólo nos acordamos de los demás,
cuando los necesitamos. Por lo visto, es otra de las estúpidas
leyes de vida que tenemos.
Entonces, tuve
una iluminación y le pregunté:
¿Supongo que
serán hembras?
¡Las mejores
de la ciudad, colega!
Huele muy
bien, desde luego.
¿Hace un
truja?
Me retiré
hace unos años. Además, no me trago el humo.
Si tengo que
declarar a favor de Nancy, no tengas ningún reparo. Vengo en la
guía.
¿Estaría
dispuesto a pagar su entierro?
Dime cuánto
y asunto concluido.
¡Es muy
generoso, señor Algodonanles!
¡Bru Li,
colega, Bru Li! – me corrigió, mientras me despedía con una
reverencia y las manos juntas a la altura del pecho.
Doña
Veneranda vivía debajo de Nancy. Tenía una casa arreglada con mucho
gusto y algo de coquetería. Cuarenta años como dependienta en una
perfumería de lujo le habían enseñado a distinguir las verdaderas
esencias de los perfumes baratos; sin embargo, no había aprendido a
dosificar la intensidad de los aromas en una habitación tan pequeña
como su salón.
Alrededor de
los setenta y cinco, peluca castaña muy bien peinada, maquillaje
discreto, elegante traje sastre, llamativo crucifijo dorado sobre el
pecho, me atendió con educación; mientras preparaba la comida en
una pequeña cocina de gas butano.
Nancy era una
mujer muy laboriosa que se ganaba un buen dinero barriendo la
escalera; pues, aunque nos tocaba una semana a cada vecino,
preferíamos pagarle a ella antes que hacerlo nosotros. Desde luego,
no puedo quejarme de su comportamiento durante todos estos años;
aunque siempre me pareció demasiado vulgar.
¿No se le
conocen otras relaciones, salvo su marido?
Llegaba muy
tarde de mi trabajo, por lo que sólo tenía tiempo para ducharme y
cenar algo ligero. En cualquier caso, nunca he oído comentarios
entre la vecindad y aquí, como puede suponer, nos conocemos todos.
Dígame, doña
Veneranda, ¿por qué murió sola, si era tan buena persona?
También era
muy rara y no dejaba entrar a cualquiera en su casa. De hecho, era
la única vecina de la que no tenía llave la portera.
¡Qué
curioso! Sus vecinos no me han comentado nada al respecto.
Porque todos
se aprovechaban de ella: el hippy de arriba, porque le hacía la
comida gratis; el viejo de al lado, porque le lavaba la ropa; la
otra, porque le hacía la compra; la portera, porque la sustituía,
cuando se marchaba de vacaciones, etc, etc, etc.
¿Estaría
dispuesta a contribuir a su entierro?
Bueno.., si
los demás están de acuerdo, yo...
Salvo el
señor Algodonales, el hippy, como usted le llama, se han negado
todos por diferentes motivos.
¡Ah, en ese
caso, a mí nunca me ha gustado destacar!
Abandoné el
edificio algo molesto. Vivimos juntos, pero nunca revueltos.
Cuando llegué
al despacho, descolgué el teléfono y realicé la tercera llamada.
¿Quién va?
¿Don Carlos
Masnou Fernández?
Soy yo. ¿Qué
pasa?
Lamento
comunicarle que su madre, doña María de la Nunciatura Fernández
Larriba, falleció el pasado día veinte debido a un fallo
multiorgánico.
¿Van a pagar
ustedes el entierro? Mi mujer ya me habló de usted.
¿Nosotros?...
Siendo usted el único familiar vivo y heredero directo, le
corresponde a usted ocuparse de los gastos.
Entonces, no
me interesa.
Y colgó el
aparato.
CRÓNICA DE SOCIEDAD (urbi et orbi)
- Es
bien conocida la fama de loco, provocador y pervertido del emperador
Calígula, que lo fue entre el 37 y el 41 de nuestra era. Cuatro
años tardó Roma en precipitarle a los abismos del
Hades, vía espada filosa al cuello. Sorprende el conservadurismo y
tradicionalismo del pueblo romano por lo siguiente: 177 años después
del abrupto y sangriento fin de Cayo César Calígula en 218, fue
coronado emperador un chaval de 14 años de edad (Vario Avito
Basiano) que ya, a tan tierna y nada inocente edad, había sido sumo
sacerdote del dios solar El-Gabal en Emesa (la actual Homs, Siria), un meteorito en realidad, razón por la cual pasó a la Historia como Heliogábalo, aunque bien
podría haber sido conocido como Calígula II. Su entrada en Roma
causó sensación, porque lo hizo en un carro tirado por mujeres
desnudas. Hacía pagar cantidades astronómicas por un plato, un
espectáculo, un perfume o un esclavo que se le antojaran. Era clara
y públicamente bisexual, frecuentando tanto los burdeles como las
escuelas de gladiadores. Tampoco era extraño que se vistiera de
mujer, con labios y ojos pintados, peluca y ataviado de perlas y
brazaletes, y simulara su matrimonio con un gladiador. Según Dion
Casio, el emperador preguntó a sus médicos si podrían introducir
una vagina en su cuerpo con una incisión, y que, de ser así, les
pagaría espléndidamente. Por otra parte, la gente decía de su
madre cosas tales como que si el nombre del mozo era “Vario” se
debía a que había sido concebido con el semen de varios hombres.
Heliogábalo ciertamente sabía provocar. Pasó (el pueblo romano) lo
de que arruinara al imperio con sus caprichos y exigencias de
manjares delicados como las lenguas de flamenco rosa (?!). Pasó,
pero menos, lo de construir un gran templo en el Monte Palatino para
albergar un enorme falo negro que fue traído de Emesa junto con
otros de menor tamaño. Pero lo que verdaderamente encendió la
sangre a los romanos fue que se casara con una virgen vestal (algo
así como una monja virgen con obligación de serlo), Julia Aquilia
Severa, a la que, en el mismo año, abandonó para casarse con
Annia Faustina, viuda de una de sus recientes víctimas; que, sin
acabar el año, volviera con la vestal, y que todo esto sucediera sin
prescindir de la tierna y pública relación que mantenía con
Hierocles, su auriga rubio. Finalmente sucedió lo que todos estaban
esperando y la guardia pretoriana se deshizo del molesto individuo
por el procedimiento habitual. Al cabo de cuatro años exactamente,
el tiempo standard para un provocador excéntrico como él (escribió Enriquito García Segovia).
- En
1822 la Sociedad Americana de Colonización designó Liberia (que,
por supuesto, hasta entonces no se llamaba así) como lugar al que
remitir los esclavos negros liberados con idea de que fundaran su
propio Estado, tomando como modelo el de origen, naturalmente. Pero,
desde un primer momento fue evidente que los afroamericanos liberados
y establecidos en la costa tenían cierta malsana tendencia a
esclavizar a los del interior (es decir, que sí siguieron el
modelo), en infinitas guerras tribales que no impidieron que, entre
tanto, el país fuera vampirizado económicamente por multinacionales
u otros países. En la década de los noventa del pasado siglo,
destacó en estas guerras tribales, con armamento más o menos
moderno, un “general”, anterior brujo tribal desde los 11 años,
llamado Joshua Blahyi (1971), más conocido por su apodo “Butt
Naked” (Culo Desnudo). Dejemos que el propio general nos cuente sus
hazañas: “Antes de conducir a mis
tropas al combate, nos emborrachábamos y drogábamos, sacrificábamos
a un adolescente, nos bebíamos su sangre y luego nos quitábamos la
ropa, salvo el calzado, e íbamos al combate adornados con vistosas
pelucas y bolsos de mujer que habíamos robado a la población civil.
Matábamos a todo el que veíamos, le cortábamos la cabeza y la
usábamos como pelota de fútbol. Desnudos y borrachos, en pleno
frenesí homicida, matamos a cientos de personas, tantas que hasta
perdí la cuenta. Pero, en junio del año pasado, me telefoneó Dios
y me dijo que yo no era el héroe que me creía, de modo que abandoné
y me hice predicador.
Él mismo reconoció, tras abandonar las armas y tomar los hábitos,
que sus víctimas personales no bajarían de las 20.000. En 2009 la
Comisión por la Verdad y la Reconciliación de Liberia (TRC),
organismo parlamentario no judicial, publicó una lista de
“Amnistiables” y otra de “Procesables” en relación con los
crímenes de guerra. Por alguna razón, el reverendo Culo Desnudo
estaba en la primera, lo que da pie a pensar qué habrían hecho los
que estaban en la segunda. Hoy, posiblemente conocedor de las
cualidades de la religión como arma de destrucción masiva, se
dedica a alimentar la ignorancia del país en el más puro estilo de
predicador yanqui, con esa mezcolanza de dios y nacionalismo con que
ya desde hace siglos se ha alimentado la ignorancia en otros muchos
países (prosigue el señor García).
- Los astronautas que participaron en el “Proyecto Apolo” que llevó
a los usamericanos a la Luna se entrenaron en una reserva de indios
navajos por su semejanza con la superficie lunar; lo que puede dar
una idea del terreno que los yanquis daban a los nativos americanos.
Un día un anciano pastor navajo que cuidaba su ganado junto a un
nieto se encontró con un grupo de astronautas y preguntó al niño
quiénes eran esas personas vestidas con uniformes tan raros. Tras la
respuesta del nieto, el viejo preguntó si podían llevar un mensaje
suyo al satélite. Respondieron afirmativamente, pero le preguntaron
el significado del mensaje. El anciano y el niño se negaron entre
risas al igual que el resto de la tribu. Un traductor oficial del
gobierno lo tradujo con las siguientes palabras: “Luna, ten cuidado
con estos exploradores. Vendrán a robarte tus tierras como hicieron
con las nuestras”.
FRASE DEL DÍA (sea el que sea)
En España, de cada diez cabezas, una
piensa y nueve embisten.- (A. Machado).
CONTRAPORTADA